dilluns, 6 de juny del 2011

Consecuencias

Estoy asustado, pero sé que lo merezco. La quiero muchísimo, más que nada en el mundo. La quiero más que él, sin duda. Pero por alguna razón eso no era suficiente. Yo la hubiera hecho feliz, soy un buen tipo. Lo que hice fue sin pensar, estaba furioso. Creí que me quería, pero sólo fui un juego para ella. Entonces, exploté. No pude contener mi rabia. Y ahora debo atenerme a las consecuencias. Cierro los ojos. Pienso en ella, como si pudiera dejar de hacerlo, y sonrío. Veo su rostro, inolvidable para mi cerebro, huelo su pelo, como si estuviese delante de mí. Abro los ojos, y veo que el hombre sonríe con malicia. Sé que ha llegado mi hora. Oigo un disparo, y no puedo evitar pensar sarcásticamente que la envidia mata. 
                                                                                               Mariona Rodríguez
http://www.youtube.com/watch?v=KV2ssT8lzj8&ob=av2e

Decepción


Simplemente soy incapaz de entenderlo. Pero qué diablos les pasaba por la cabeza. Cómo podían acostarse por las noches, al lado de sus esposas, que alguna vez demostraron haber tenido sentimientos por ellas, y lo que es más frustrante, cómo diablos conseguían dormir, e incluso soñar algo bonito. De dónde sacaban las fuerzas para levantarse de su cómoda cama e ir a almorzar, junto con sus queridos hijos, a los cuáles protegerían hasta morir. Cómo alguien puede vivir así consigo mismo. Cómo es posible que creyeran todas esas mentiras. Cómo pudieron obedecer a un absoluto enfermo. Cómo puedes seguir con tu vida, cuando cada día eres el responsable de cientos de muertes, cuando ves a esos cuerpos esqueléticos y desnudos, haciéndoles pensar que son inferiores a ti y que a lo mejor sí son animales. No sentir nada cuando algunos saltan del precipicio después de haber subido los tres cientos malditos escalones con una piedra de cuarenta quilos como mínimo, o quedarte ahí parado cuando ellos creían que sólo iban a darse una ducha de agua fría. Y entonces te das cuenta que la estupidez humana ha llegado a un grado culminante y colosal. Piensas si seremos capaces de aprender de este gravísimo error, pero comprendes que la muerte de tantas personas no ha sido suficiente para asimilar que todos somos iguales y que todas las vidas tienen el mismo valor. Soy consciente de mi ingenuidad, la realidad me fustiga cada mañana al despertar.
                                                                                              Mariona Rodríguez
http://www.youtube.com/watch?v=ZpA0l2WB86E

diumenge, 5 de juny del 2011

Para mi abuelo

 Mi abuelo me enseñó a amar la vida. Cuando me veía llorar me gritaba. Llorar es demasiado fácil, me decía, sonríe y no dejes que nadie te arrebate esas lágrimas, nadie las merece. Ríete a carcajadas siempre que puedas, que es una forma de prolongar tu existencia. No seas estúpido, y no pierdas el tiempo enfadándote con tus seres queridos. Aprende, cuanto más cosas mejor, así tendrás más experiencia para compartir. Recuerda siempre aquellos buenos momentos, que son el motivo por el cual la vida vale la pena. Cuando alguien de tu alrededor muera, no lo sientas. Si lo sientes, es que no le has dicho te quiero las veces que deberías haberlo hecho. No huyas de tus miedos, afróntalos. No dejes que nadie te diga que no puedes hacer algo, si tienes un sueño, protégelo. Las personas que no son capaces de hacer algo te dirán que tú tampoco puedes. Es tu vida, y es tu responsabilidad vivir cada día como si fuese el último. Si lo haces, cuando mueras vas a ser feliz. Habrás tenido una vida plena.
 Mi abuelo me decía siempre que la vida es un largo viaje de búsqueda, un viaje de búsqueda de la felicidad. Siempre me decía que el no amó la vida, que desaprovechó su oportunidad, y que se sentía imbécil por ello. Que la vida es un tesoro, y vivir intensamente es su llave.
                                                                                             Mariona Rodríguez
http://www.youtube.com/watch?v=5FEgkMe50rQ

diumenge, 24 d’abril del 2011

Ausencia


Habré de levantar la vasta vida 
que aún ahora es tu espejo: 
cada mañana habré de reconstruirla. 
Desde que te alejaste, 
cuántos lugares se han tornado vanos 
y sin sentido, iguales 
a luces en el día. 
Tardes que fueron nicho de tu imagen, 
músicas en que siempre me aguardabas, 
palabras de aquel tiempo, 
yo tendré que quebrarlas con mis manos. 
¿En qué hondonada esconderé mi alma 
para que no vea tu ausencia 
que como un sol terrible, sin ocaso, 
brilla definitiva y despiadada? 
Tu ausencia me rodea 
como la cuerda a la garganta, 
el mar al que se hunde.
                                                             J. L. Borges


http://www.youtube.com/watch?v=CqdcDGmtJqI

dimarts, 19 d’abril del 2011

IN MEMORIAM


 Parecía ficción. Algunos llegaron a pensar que era el fin del mundo. Me sentía tan impotente por lo que estaban sufriendo. Y yo aquí, sin poder hacer nada. Me da rabia, ellos lo han perdido todo. Me preocupa una mierda el examen, cuando ellos están entre la vida y la muerte. No quiero estar bien, si ellos lo están pasando tan mal. No lo merecen. Quiero ayudarles, pero lo que yo pueda hacer, no servirá de mucho. La naturaleza es sabia. La naturaleza sabe que lo estamos haciendo mal. Y lo que ha ocurrido en Japón no es casualidad. Ha sido sólo un aviso, un aviso a la humanidad.
 El día 11 de marzo de 2011 no va a olvidarse en mucho tiempo. Ese día a las 6:46 (hora española) Japón sufría un terremoto de magnitud 8.9 en la escala de Richter. Parecía que ese terremoto no habia provocado grandes daños. Los edificios aguantaron muy bien la sacudida. Pero desgraciadamente, eso era sólo el principio. El movimiento sísmico de las placas provocó un gigantesco tsunami que barrió las costas del noroeste de Japón. Cuando miraba las imágenes, las casas y los edificios parecían de juguete. El agua se los comió como si nada. Pero lo peor aún estaba por llegar. La central nuclear de Fukushima (1971) no pudo soportar el terremoto. El tsunami impidió la refrigeración del reactor 1. La presión dentro de la central empezó a subir. La central comenzó a liberar gases radiactivos. Pocos días después se produce la explosión del reactor 3. Este accidente nuclear nos llevó a los países desarrollados a cuestionarnos su peligro y si de verdad estábamos dispuestos a correr ese riesgo. Mientras tanto, en algunas zonas de Japón la radiación es cuatrocientas veces superior a la normal. Japón lucha a contra reloj para evitar otro Chernóbil. Cincuenta personas sacrifican sus vidas por intentar combatir contra los reactores. Luchan armados con agua de mar, respirando cada día un número tan elevado de radiación que su cuerpo no puede asimilar. Y son completamente conscientes que dentro de poco tiempo van a morir. Cincuenta personas sacrifican sus vidas para salvar a su gente, a su país. Cincuenta personas con un corazón demasiado grande para su pecho. Cincuenta personas que serán recordadas como héroes.
La catástrofe de Japón ha terminado con la vida de 8.450 personas, y hay 13.000 personas desaparecidas. En muchas zonas del país no hay electricidad, ni agua, ni comida. Las personas que han perdido su hogar a causa del tsunami están refugiadas en pabellones y oficinas. Sin embargo, el caos de Japón no se huele en las calles. En los supermercados la gente hace cola, espera su turno, paciente, para poder comer. Nadie roba, ni destroza nada. Se ayudan los unos a los otros. La cultura japonesa es un ejemplo de civismo, digna de admirar. Si esta horrible catástrofe pasara aquí, los daños se hubieran triplicado y el caos hubiese sido absoluto. Me odio por decir esto, pero suerte que se ha sido en Japón. Japón es el país más avanzado. Su crecimiento ha sido impresionante, muy rápido y en muy poco tiempo. Los edificios construidos están diseñados para soportar grandes terremotos. Tienen un ejército, unos equipos de rescate, una policía, unos bomberos de muy buena calidad.
Esto ya ha pasado antes. Japón ya ha estado en estado crítico una vez: cuando finalizó la segunda guerra mundial. Japón estaba destrozado, aniquilado. Apuesto por Japón y sé que saldrá adelante, porque ya lo hizo una vez. No existe país igual. Hay talento, trabajo, esfuerzo, respeto, valentía, capacidad y ganas de crear. Cuando Japón se recupere, preparémonos, porque quien se tropieza con la misma piedra dos veces, no lo hace tres. Japón ya sabe donde está la piedra. Por eso va dos pasos por delante.

diumenge, 6 de març del 2011

Distancias

Cuando eres feliz no lo sabes. Te das cuenta de ello cuando ya no lo eres. Y entonces sientes que te dan ganas de llorar y no entiendes el porque. Lloras y lloras. Te gustaría viajar atrás en el tiempo, retroceder y volver a vivir esos días en los que sonreías sin darte cuenta. Añoras esos días. Te sientes vacío y desorientado.

Esa semana blanca ha sido impresionante. Empezó el domingo con un largo viaje en coche. Íbamos con los padres de mi amiga. Después de escuchar unas setenta canciones y de parar a comer, llegamos al fin al apartamento. Era muy acogedor. El pueblo en el que estábamos era más bien turístico, pero el paisaje era precioso, te dejaba sin palabras. Hacía mucho frío pero no nos importaba. Nos instalamos y cenamos. Mi madre llamó para saber como había ido el viaje. Hablé con ella y le conté que todo era perfecto. A la mañana siguiente me desperté con mucha energía, nos íbamos a esquiar. Estaba muy contenta. Me encanta esquiar. Si viviese en las montañas seguro que haría esquí como deporte. Pero no vivo en la montaña. De camino a las pistas no podía apartar mi vista de el paisaje. Me quedaba embobada. Era increíble. Cuando llegamos a pista estaba impaciente para esquiar. Hacía muchísimo frío. A las doce teníamos cursillo con un monitor durante tres horas. El primer día nos hicieron bajar por una pista para ver que nivel teníamos. Nos pusieron con un monitor viejo y no muy simpático. No me gustaba nada. En el grupo todo eran niños pequeños y nosotras sabíamos esquiar mucho mejor que ellos. Ese día fue muy aburrido. Al terminar el cursillo comimos un bocadillo. Explicamos a los padres de mi amiga como nos había ido el cursillo, y ellos fueron a charlar con los de la escuela de esquí. Esquiamos hasta las cuatro, más o menos. Cuando llegamos al apartamento nos duchamos. Estábamos agotados. Nosotras hicimos algunos deberes. Cenamos y miramos una película. Luego nos fuimos todos a la cama.

La luz del nuevo día se colaba por la grieta de una pequeña ventana de nuestra habitación. Nos vestimos con la ropa de esquiar y bajamos a desayunar. El desayuno parecía de hotel. Según los padres de mi amiga debíamos comer bien para tener energía. Ese día salimos tarde, queríamos ser como máximo a las diez a pistas y no lo conseguimos. Cuando llegamos a la estación eran casi las once. Solo tuvimos tiempo de hacer dos bajadas que ya teníamos que ir con el monitor. Cuando llegamos delante de la escuela, a las doce en punto, nos encontramos con nuestro monitor que charlaba con otro de más joven y más guapo. Nos cambiaban de grupo. Iríamos con un grupo de adultos. El monitor era el mejor. Le caímos bien. Le hacíamos reír y aportábamos alegría y juventud a su grupo. Los compañeros del grupo eran muy simpáticos, mucho más que sus hijos. Ese día nos lo pasamos muy bien. No paramos de esquiar y bajamos por todas las rojas de la estación. El monitor nos llevó fuera pistas y nos lo pasamos de muerte. De camino a casa nos reíamos de nuestras caídas. El martes empezó la felicidad absoluta.

El miércoles esperaba con impaciencia que fueran las doce. Había gente nueva en el grupo. Un chico. El monitor nos dijo que nos lo había conseguido para nosotras y qué así podríamos ligar. Él estaba muy contento de tenernos en su grupo, se le notaba. Siempre que podía se reía de nosotras. Nos dejó solas con el chico en el telesilla. Pobre chico. Le hicimos muchas preguntas. Era un poco tímido, pero parecía majo. Tenía el mismo nivel que nosotras. Quería conocer bien al chico, porque me había propuesto hacer amigos. Resultó que el chico era de la misma provincia que nosotras. A las ocho o a las nueve llegaron mis padres al apartamento, se habían cogido unas pequeñas vacaciones.

Cuando desperté el jueves no se colaba luz por la ventana. Las nubes no me dejaban ver el sol y la ventana estaba cubierta de nieve. Hacía muchísimo frío, estábamos a cinco grados negativos. Los remontes de más arriba estaban cerrados. Nevaba. No sabía que la nieve tiene forma de flor. Quiero decir que pensaba que no tenía forma y resulta que si la tiene, y es simétrica y perfecta. Pero cada copo de nieve es distinto. Ese día aluciné. Se me congelaban los dedos de las manos y de los pies. No los notaba, y cuando los intentaba mover me hacía mucho daño. A las doce fuimos a delante de la escuela. Parecía que no iba a venir nadie más. Luego apareció el chico. Me alegré que al fin viniera. Ese día sólo eramos nosotros, los jóvenes, los más fuertes. Creo que debíamos esquiar a unos siete grados negativos y con el viento y la nieve, la sensación parecía de quince bajo cero. No veíamos el relieve cuando esquiábamos, era como esquiar con los ojos vendados.Al cabo de una hora más o menos, el monitor nos dijo que nos fuéramos a calentar en la cafetería. Nos estábamos congelando, pero yo no quería parar, quería esquiar. En la cafetería comimos un poco y nos vimos las caras. El chico se quito las gafas de esquiar y el gorro. Le miré, quería saber como era. Tenía unos ojos verdes preciosos, era moreno y alto. Era perfecto. Mi amiga y yo nos cruzamos la mirada. Era guapísimo. Al final me gustó haber parado en la cafetería. Le di un trozo de mi chocolatina. Me sonrió y yo a él. Luego nos pusimos los esquís otra vez. Bajamos una roja y nos paramos otra vez. El monitor nos dijo que le esperáramos. Empecé una batalla de bolas de nieve. Parecía que el chico se destensaba. Hicimos ángeles en la nieve e intentamos hacer un muñeco. Fue muy divertido. Charlé mucho con el chico. No quería que fueran las tres nunca. Pero inevitablemente y sin que nosotros podamos hacer nada el tiempo pasa, y las tres llegaron. Tuvimos que despedirnos, pero aún nos quedaba el viernes. El último día. Después de comer esquiamos hasta las cinco, ya bajábamos por todas las pistas. Eramos prácticamente los únicos que estábamos esquiando a diez grados negativos. Cuando nos íbamos hacia el aparcamiento nos encontramos al chico, le saludé. Me sonrió. Era muy feliz, pero yo no me daba cuenta.

El viernes pasó más deprisa de lo qué había deseado. Quería estar con el chico, charlar con él. Conocerle. También quería estar con mis amigas y con el monitor. Llegaron las doce y estaba eufórica. Hacía un día perfecto. Las tres horas del cursillo pasaron demasiado deprisa. Me dio mucha pena despedirme del monitor, me caía muy bien. Nos hicimos una foto con todos los del grupo. Le dije al chico que si querría venirse a esquiar con nosotras por la tarde, y me dijo que sí. La tarde fue lo mejor de todo. Esquiamos por fuera pistas y fuimos a hacer saltos. El chico nos enseñó pistas nuevas que no conocíamos. No quería que acabase nunca. Pero desgraciadamente el tiempo pasa sin que tu puedas hacer nada para evitarlo. Eramos los últimos que quedábamos en la estación. Nos despedimos del chico.

Cuando llegué a mi casa me puse a llorar. No entendía porque pero no podía parar. Me lo había pasado de maravilla y ahora ya se había terminado. Quiero volver a ver al chico, pero está a más de cincuenta quilómetros de mí. Además seguro que él ya no me recuerda. Ahora me siento extraña. Desorientada. No tengo hambre y siento cosquillas en el estómago. Creo que me he enamorado del chico, pero ya no lo voy a volver a ver. Cuando pienso en el viaje me pongo a llorar. Quiero retroceder en el tiempo, volver a vivir esta semana una y otra vez. Cuando me voy a la cama pienso en el viaje y en el chico. Y me duermo con una sonrisa en los labios. Tengo miedo de olvidar la cara del chico. Tengo miedo de olvidar estas vacaciones. Hacía mucho tiempo que no me sentía así de bien, y de golpe, así de mal. Quizás hubiera sido mejor no vivir estas vacaciones que parecen demasiado perfectas y así ahora no me sentiría tan perdida. No quiero volver a la rutina de siempre. No puedo dejar de pensar en el chico. Quiero volver a verlo y conocerlo. Quiero dejar de llorar o como mínimo saber porque lloro. Tengo miedo de no volver a ser así de feliz nunca más. Sin embargo, y a pesar de todo, no me arrepiento de nada.